Breves
Crear es situar al otro en el lugar donde el mundo es como el lo desea y no proponerle un mundo nuevo.
– Antoine de Saint-Exupéry
And in the end, it’s not the years in your life that count. It’s the life in your years.
– Edward J. Stieglitz
No vemos las cosas como son, las vemos como somos.
– Anais Nin
Escucho y me olvido,
Veo y me acuerdo,
Hago y aprendo.
Nieva sobre el mar.
¡Qué silencio!
Nada ocurre después.
Toda imagen fuerte llega a ser.
–Antoine de Saint Exupery
Saber y no actuar es no saber.
–Wang Yang Ming
Serena duerme la mariposa sobre la campana del templo.
–Buenos días, doctor Watson.
–Buenos días, señor
Holmes.
–Interesante lo de lo ladridos de los perros anoche.
–¿Ladridos? Pero yo no escuché ningún ladrido.
–Precisamente, Watson, precisamente...
De la Escuela de Negocios Cristóbal Colón:
Salió sin saber a dónde iba.
Llegó pero no supo adonde.
Volvió pero nunca supo donde había estado.
Y lo hizo tres veces en siete años.
Lo interesante acerca del futuro no es predecirlo sino posibilitarlo.
Creador es el que crea.
Creyente es el que cree.
Creativo es el que cree que crea.
Cualquiera
que esté aún dominado por sus antiguas malas
costumbres pero capaz de enseñar, aunque sea sólo a través
de su palabra, debe hacerlo.
Avergonzado por su propio discurso, puede al final comenzar a practicar lo que predica.
— San Juan Clímaco (siglo VI A.D.)
Los Libros
Las películas son sensacionales pero carecen del nivel de inclusión que proporcionan los libros. Uno es un simple observador: no es posible sentir todo lo que el protagonista siente, no podemos ver cada uno de sus pensamientos internos, sus dudas, miedos, sueños.
Las películas te permiten observarlo todo.
Los libros te permiten sentirlo todo., saber todo y VIVIR todo.
Con un libro, puedes ser el héroe que mata al demonio con un solo toque de tu espada. Puedes ser la mujer que combate su cáncer, acompañado de todo el dolor e incertidumbre que ello implica. Puedes ser un semi dios, puedes ser un extraterrestre, un ángel, un dios, un villano, un héroe. Puedes enamorarte, odiar, triunfar, perder. Puedes ser todo y nada. No hay límites. No hay restricciones. Nada es imposible, nada está fuera de tu alcance.
Y eso es por qué los libros son siempre mejores.
Cuando lees un libro, no existe nada más y puedes ser una persona entera en este mundo completamente nuevo y sorprendente. Puedes vivir como otro, libre de tus propios problemas aunque solo sea durante doscientas páginas.
Los libros son magia.
Por eso les digo que se olviden de la magia de las películas y reencuentren la magia pura que reside en sus libreros.
Porque aunque las películas son buenas, los libros son SIEMPRE mejores.
The Guardian, 6 noviembre 2003.
Los Tres Doctores
Un doctor chino se hizo extremadamente famoso en todo el mundo por ser capaz de curar casos de enfermos que estaban ya deshauciados.
Fue entrevistado por una prestigiosa revista médica.
–Doctor, Ud. ha sido capaz de salvar a algunos pacientes que estaban ya prácticamente en su lecho de muerte. ¿Se considera Ud. uno de los más hábiles doctores de su país?
–Bueno, no, en realidad no, para nada. De hecho yo soy el menor y el menos talentoso de mis hermanos, todos médicos. Somos tres.
El mayor es por lejos el más talentoso: todos sus pacientes gozan de una salud extraordinaria y a lo más desarrollan algún leve resfrío a lo largo de su vida. Ese hermano mío es muy conocido en nuestra ciudad natal.
El segundo, mi hermano del medio, no es tan hábil como el mayor, pero logra que sus pacientes se mantengan bastante bien. En algunos casos, eso sí, debe curar a algunos de sus enfermos de algo un poco más complicado, como una neumonía o una peste. El es conocido en casi toda la provincia.
Después vengo yo, evidentemente el menos dotado de los tres: mis pacientes deben recuperarse de las más complejas patologías y claro, soy famoso en todo el mundo.
Leones
Un león fue capturado y encerrado en un campo
de concentración,
donde, para su sorpresa, se encontró con otros leones que llevaban
allí muchos años (algunos incluso toda su vida, porque
habían
nacido en cautividad).
El león no tardó en familiarizarse
con las actividades sociales de los restantes leones del campo, los cuales
estaban asociados en distintos grupos.
Un grupo era el de los "socializantes";
otro, el del mundo del espectáculo; incluso había un grupo
cultural, cuyo objetivo era preservar cuidadosamente las costumbres,
la tradición y la historia de la época en que los leones
eran libres; había también grupos religiosos, que solían
reunirse para entonar conmovedoras canciones acerca de una futura selva
en la que no habría vallas ni cercas de ningún tipo; otros
grupos atraían a los que tenían temperamento literario
y artístico; y había, finalmente, revolucionarios que se
dedicaban a conspirar contra sus captores o contra otros grupos revolucionarios.
De vez en cuando estallaba una revolución, y un determinado grupo
era eliminado por otro, o resultaban muertos los guardianes del campo
y reemplazados por otros guardianes.
Mientras lo observaba todo, el recién llegado reparó en
la presencia de un león que parecía estar siempre profundamente
dormido, un solitario no perteneciente a ningún grupo y ostensiblemente
ajeno a todos. Había en el algo extraño que concitaba,
por una parte, la admiración y, por otra, la hostilidad general,
porque su presencia infundía temor e incertidumbre.
“No te unas a ningún grupo”, le dijo al recién llegado. “Esos
pobres locos se ocupan de todo menos de lo esencial.”
“¿Y que es lo esencial?”, preguntó el recién
llegado.
“Estudiar la naturaleza de la jaula.”
Versos
Sí, pero ¡los
versos significan tan poco cuando se han escrito joven!
Se debería
esperar y saquear toda una vida, a ser psible
una larga vida; y después, por fin, más tarde, quizá se
sabrían escribir las diez líneas que serían buenas.
Pues los versos no son, como creen algunos, sentimientos (se tienen
siempre demasiado pronto), son experiencias. Para escribir un solo
verso, es necesario haber visto muchas ciudades, hombres y cosas; hace
falta conocer a los animales, hay que sentir cómo vuelan los pájaros
y saber qué movimiento hacen las florecitas al abrirse por la
mañana. Es necesario poder pensar en caminos de regiones desconocidas,
en encuentros inesperados, en despedidas que hacía tiempo
se veían llegar; en días de infancia cuyo misterio no está aún
aclarado; en los padres a los que se mortificaba cuando traían
una alegría que no se comprendía (era una alegría
hecha para otro); en enfermedades de infancia que comienzan
tan singularmente, con tan profundas y graves transformaciones; en días
pasados en las habitaciones tranquilas y recogidas, en mañanas
al borde del mar, en la mar misma, en mares, en noches de viaje que temblaban
muy alto y volaban con todas las estrellas—y no es suficiente incluso
saber pensar en todo esto. Es necesario tener recuerdos de muchas noches
de amor, en las que ninguna se parece a la otra, de gritos de parturientas,
y de leves, blancas, durmientes paridas, que se cierran. Es necesario
aún haber estado al lado de los moribundos, haber permanecido
sentado junto a los muertos, en la habitación, con la ventana
abierta y los ruidos que vienen a golpes. Y tampoco basta tener recuerdos.
Es necesario saber olvidarlos cuando son muchos, y hay que tener
la paciencia de esperar que vuelvan. Pues, los recuerdos mismos,
no son aún esto. Hasta que no se convierten en nosotros, sangre,
mirada, gesto, cuando ya no tienen nombre y no se les distingue de nosotros
mismos, hasta entonces no puede suceder que en una hora muy rara, del
centro de ellos se eleve la primera palabra de un verso.
De Los Cuadernos de Malte Laurids Brigge, Rainer Maria Rilke.
El Aguila Real
Un hombre se encontró un huevo de águila. Se lo llevó y
lo colocó en el nido de una gallina de corral. El aguilucho
fue incubado y creció con la nidada de pollos.
Durante toda su vida, el águila hizo lo mismo que hacían
los pollos, pensando que era un pollo. Escarbaba la tierra en busca
de gusanos e insectos, piando y cacareando. Incluso sacudía
las alas y volaba unos metros por el aire, al igual que los pollos.
Después de todo, ¿no es así como vuelan los pollos?
Pasaron los años y el águila se hizo vieja. Un día
divisó muy por encima de ella, en el límpido cielo, una
magnífica ave que flotaba elegante y majestuosamente por entre
las corrientes de aire, moviendo apenas sus poderosas alas doradas.
La vieja águila miraba asombrada hacia arriba «¿Qué es
eso?», preguntó a una gallina que estaba junto a
ella.
«Es el águila, el rey de las aves», respondió la
gallina. «Pero no pienses en ello. Tú y yo somos diferentes
a ella».
De manera que el águila no volvió a pensar en ello.
Y murió creyendo que era una gallina de corral.
Los Tres Deseos
El señor Vishnu estaba tan harto de las continuas peticiones de su devoto que un día se apareció a él y le dijo:
"He decidido concederte las tres cosas que desees pedirme. Después no volveré a concederte nada más".
Lleno de gozo, el devoto hizo su primera petición sin pensarlo dos veces. Pidió que muriera su mujer para poder casarse con una mejor.
Y su petición fue inmediatamente atendida.
Pero cuando sus amigos y parientes se reunieron para el funeral y comenzaron a recordar las buenas cualidades de su difunta esposa, el devoto cayó en la cuenta de que había sido un tanto precipitado. Ahora reconocía que había sido absolutamente ciego a las virtudes de su mujer. ¿Acaso era fácil encontrar otra mujer tan buena como ella? De manera que pidió al Señor que la volviera a la vida. Con lo cual sólo le quedaba una petición que hacer. Y estaba decidido a no cometer un nuevo error, porque esta vez no tendría posibilidad de enmendarlo. Y se puso a pedir consejo a los demás. Algunos desus amigos le aconsejaron que pidiese la inmortalidad. Pero ¿de qué servía la inmortalidad - le dijeron otros - si no tenía salud? ¿Y de qué servía la saludsi no tenía dinero? ¿Y de qué servía >el dinero si no tenía amigos?
Pasaban los años y no podía determinar qué era lo que podía pedir: ¿vida, salud, riquezas, poder, amor...? Al fin suplicó al Señor: "Por favor, aconséjame lo que debo pedir".
El Señor se rió al ver los apuros del pobre hombre y le dijo:
"Pide ser capaz de contentarte con todo lo que la vida te ofrezca, sea ello lo que sea"
Casandra
En la mitología griega, Casandra era la hija del rey Príamo y la reina Hécuba de Troya.
La maldición de Casandra consistió en hacer profecías que eran verdaderas pero que nadie creía.
La belleza de Casandra hizo que se fijara en ella el dios Apolo, quien le ofreció el don de ver el futuro a cambio de su amor.
Casandra aceptó convertirse en su amante pero luego de recibido el don, se retractó y lo rechazó.
Apolo estaba furioso con ella por haberle mentido y engañado, pero ya que no podía quitarle el don que le había concedido, la maldijo de tal manera que a pesar de ver el futuro con exactitud, nadie creería sus profecías.
Su familia y el pueblo de Troya la consideraba una mentirosa y una loca.
Predijo la caída de Troya, pero nadie le creyó.
Ocurre.
El Rey
Se encontraba en la región de los asteroides 325, 326, 327, 328,
329 y 330. En el primero vivía un rey. El rey se sentaba, vestido
de púrpura y armiño, sobre un trono muy sencillo, pero
a la vez majestuoso.
—¡Ah, un súbdito! —exclamó el rey, cuando vio
al principito.
—Acércate para que te vea mejor —le dijo el rey que estaba
muy orgulloso de ser el rey de alguien.
El principito buscó con la mirada dónde sentarse,
pero el planeta estaba completamente ocupado por el magnifico manto
de armiño. Se quedó pues de pie y, como estaba cansado,
bostezó.
—Va contra la etiqueta bostezar en presencia de un rey —le dijo
el monarca. Te lo prohibo.
—No puedo evitarlo —respondió confuso el principito. —He
hecho un viaje muy largo y no he dormido. . .
—Entonces —le dijo el rey— te ordeno bostezar. No he
visto bostezar a nadie desde hace años. Los bostezos son para mí una
curiosidad. ¡Vamos, bosteza otra vez! Es una orden.
—Me intimida... ya no puedo... —dijo el principito, poniéndose
colorado.
—¡Mmmm...! —respondió el rey— Entonces te...
te ordeno que a ratos bosteces y a ratos no bosteces. . .
Murmuraba y parecía un poco humillado. Al rey le interesaba por
encima de todo que su autoridad fuese respetada. No toleraba la desobediencia.
Era un monarca absoluto, pero como era muy bueno, daba órdenes
razonables.
—“Si yo ordenara —solía decir— si yo ordenara
a un general que se transformara en ave marina y el general no obedeciera,
la culpa no sería del general, la culpa la tendría yo”.
—¿Puedo sentarme? —inquirió tímidamente el
principito.
—Te ordeno que te sientes —le respondió el rey— recogiendo
majestuosamente un paño de su manto de armiño.
El principito estaba impresionado. El planeta era minúsculo. ¿Sobre
qué podía reinar el rey?
—Majestad —le dijo—, perdón si le hago una pregunta.
—Te ordeno que me interrogues —se apresuró a decir el rey.
—Majestad... ¿Sobre qué reináis?
—Sobre todo —respondió el rey con toda naturalidad.
—¿Sobre todo?
El rey, con un ademán discreto, señaló su planeta,
los otros planetas y las estrellas.
Porque no sólo era un monarca absoluto, sino también un
monarca universal.
—¿Y os obedecen las estrellas?
— Por supuesto —le dijo el rey. Obedecen de inmediato. No tolero
la indisciplina.
Tal poder maravilló al principito. Y como se sentía un
poco triste con el recuerdo de su planetita abandonado, se atrevió a
pedir una gracia al rey:
—Quisiera ver una puesta de sol... Dadme ese gusto... Ordenad al sol
que se ponga...
—Si ordenara a un general que volara de flor en flor como una mariposa,
o que escribiera una tragedia, o que se transformara en ave marina, y el general
no ejecutara la orden recibida, ¿quién de los dos, él
o yo, estaría equivocado?
—Vos —dijo con firmeza el principito.
—Exacto. Hay que exigir a cada uno, lo que cada uno puede dar —prosiguió el
rey. La autoridad reposa ante todo en la razón. Si ordenas a tu
pueblo que se arroje al mar, te hará la revolución. Tengo derecho
a exigir obediencia porque mis órdenes son razonables.
—¿Y mi puesta de sol? —le recordó el principito,
que jamás olvidaba una pregunta una vez que la había formulado.
—Tendrás tu puesta de sol. Lo exigiré. Pero debo esperar,
según mi ciencia de gobernante, que las condiciones sean favorables.
—¿Y para cuándo será eso? —dijo el principito.
—Hem. Hem. Será hacia... hacia las siete y cuarenta minutos. Y
verás como se me obedece.
“Las personas mayores son muy extrañas”, se dijo
el principito durante su viaje.
Extraído de El Principito, Antoine
de Saint Exupery
Epicteto
De todas las cosas del mundo, unas dependen de nosotros y otras no
dependen de nosotros. Las que dependen de nosotros son nuestras opiniones,
nuestros movimientos, nuestros deseos, nuestras tendencias, nuestras
aversiones; en una palabra, todas nuestras acciones.
Las que no dependen
de nosotros son el cuerpo, los bienes, la reputación, la dignidad;
en una palabra, todas las cosas que no son parte de nuestras
acciones.
Las cosas que dependen de nosotros son libres por naturaleza,
nada puede ni detenerlas ni obstaculizarlas; las que no dependen de
nosotros son débiles, esclavas, dependientes, sujetas a mil
inconvenientes y completamente ajenas.
Acuérdate que, si tu crees libres las cosas
que por su naturaleza son esclavas, y tuyas propias aquellas que dependen
de otros, te encontrarás
a cada paso con obstáculos, estarás afligido, aproblemado
y te quejarás de los dioses y de los hombres.
En vez de eso,
si tu crees tuyo aquello que te es propio y ajeno aquello que es
de los demás, nunca nadie te obligará a hacer lo que
tu no quieras hacer ni te impedirá hacer lo que tu quieras;
no te quejarás de nadie; no acusarás a nadie; no harás
nada, ni la cosa más pequeña, en contra de tu voluntad;
nadie te hará ningún mal y no tendrás ningún
enemigo, pues no te ocurrirá nada malo.
Si aspiras a grandes bienes, acuérdate que
no debes trabajar en forma deficiente para adquirirlos y que, en lo
que concierne a las cosas exteriores, debes renunciar por entero a
ellas y restablecer las otras en otro momento. Pues si tu intentas
adquirirlas juntas, lo que tu persigues y esos verdaderos bienes y
las riquezas y las dignidades, quizás no obtendrás ni
siquiera estos últimos,
por haber deseado los otros; pero por cierto te faltará adquirir
los bienes que pueden por sí solos darte libertad y hacer tu
felicidad.
Así, frente a toda fantasía intensa, debes estar siempre
dispuesto a decir: “No eres más que una fantasía,
y para nada lo que pareces”.
Enseguida, examínala
bien, profundízala y, para revisarla, usa las reglas que has aprendido,
sobre todo la primera, que es saber si la cosa que te da pena está dentro
de las que dependen de nosotros o de aquellas que no dependen de nosotros
y si ella está entre las que no están en nuestro poder,
di a tí mismo sin vacilar: “Eso no me interesa”.
Narada
A un asceta ilustre llamado Narada, que había ganado por sus
innumerables austeridades la gracia de Visnu, se le apareció el
Dios y le prometió realizar cualquier voto que hiciese. "Enséñame
el poder mágico de tu maya", le pide Narada.
Visnu asiente,
y le hace signo de que le siga.
Poco tiempo después, hallándose
ambos en un camino desierto y lleno de sol, y sintiendo sed, Visnu ruega
a Narada ande unos metros más, hacia donde se divisa un pueblecito
y le traiga agua.
Narada se precipita y llama a la puerta de la primera
casa que encuentra. Le abre una muchacha muy bella. El asceta la mira
largamente y se olvida de a qué había venido. Entra en
la casa y los padres de la muchacha le reciben con el respeto debido
a un santo.
El tiempo pasa. Narada acaba por casarse con la muchacha
y conoce las delicias del matrimonio y la dureza de una vida de campesino:
Narada tiene ahora tres hijos y después de la muerte de su suegro
es propietario de la granja.
Pero en el curso del duodécimo año,
lluvias torrenciales acaban por inundar la región. En una noche,
se ahogan los rebaños, se hunde la casa. Sosteniendo con una mano
a su mujer, con la otra a sus dos hijos, y llevando al pequeño
sobre el hombro, Narada se abre difícilmente camino a través
de las aguas, pero la carga es demasiado pesada. Se escurre y se le cae
al agua el pequeño. Narada suelta a los otros dos niños
y se esfuerza por encontrar al pequeño, pero es demasiado tarde:
el torrente se lo ha llevado muy lejos. Mientras busca al pequeño,
las aguas se han tragado a los otros dos niños y poco tiempo después,
a la mujer. El mismo Narada cae y el torrente lo arrastra sin sentido
como a un pedazo de madera.
Cuando se recobra, depositado sobre una roca
por el agua, recuerda sus desgracias y se pone a llorar. Pero de pronto
oye una voz familiar: "¡Hijo! ¿Dónde está el
agua que debías traerme? Te espero hace más de media hora." Narada
vuelve la cabeza y mira. En lugar del torrente que todo lo había
destruido, vio los campos desiertos, brillantes bajo el sol. "¿Comprendes
ahora el secreto de mi maya?", le pregunta el Dios.
Los Cinco Anillos
El general es el maestro carpintero que sabe todo acerca de la naturaleza
de la escuadra del carpintero y lo que se puede conocer acerca de las
costumbres de la región y las costumbres particulares de la
familia para la que el carpintero está construyendo la casa.
Este es el sendero del maestro carpintero. Este aprende las medidas
de los templos y los planos de los palacios y construye las casas que
habita la gente. Lo mismo es verdad tanto para el maestro carpintero
como para el comandante de una casa guerrera.
Al construir una casa se seleccionan los maderos. Para los pilares
externos se usan maderos rectos y sin nudos que sean agradables a la
vista; maderos con unos cuantos nudos pero que sean rectos y fuertes
se usan para los pilares no visibles; maderos que pueden ser un poco
débiles, pero que luzcan hermosos y no tengan nudos se usan
para el umbral, dintel, entradas y shoji (“paneles deslizables”);
maderos con nudos y ligeramente torcidos pero fuertes se usan en lugares
apropiados para ellos, después de que se ha hecho un estudio
cuidadoso de tales lugares, todo lo cual resulta en una casa sólida
y duradera. Hay también maderos con muchos nudos, torcidos y
débiles que se pueden usar para los andamios y, posteriormente,
como leña. Cuando el maestro carpintero emplea a otros carpinteros
debe conocer los grados de habilidad de cada uno y asignarles tareas
acordes con ellos, destinando a algunos al nicho (tokonoma, un lugar
reservado para un pergamino especial u obra de arte, pues el invitado
de honor se sienta ante el), algunos a las entradas y al shoji, algunos
al umbral, dintel y cielo raso. Y a aquellos que no son hábiles
en la fabricación de viguetas, y a los menos diestros, a la
preparación de cuñas; de ese modo hace buen uso del personal,
de manera que se incremente la productividad.
Para cumplir rápidamente una tarea y hacerla bien no hay que dejar
nada al azar, sino saber dónde y cuándo emplear a quién
y qué, saber si hay o no hay incentivos y alentar y conocer
las limitaciones; todo esto es lo que debe tener presente un maestro
carpintero. Los principios del
heiho son los mismos.
Un pájaro
Un joven atrapó un pájaro y lo escondió a su espalda.
Entonces preguntó "Maestro, el pájaro que tengo
en mi mano ¿está vivo o muerto? "El muchacho pensó que
era una gran oportunidad para hacerle una mala jugada al anciano. Si
le decía "muerto", lo dejaría volar. Si el maestro
le decía "vivo", simplemente le apretaría el
cuello hasta matarlo.
El maestro dijo: "La respuesta está en tus manos".
El Alfarero
A orillas de otro mar, un alfarero se retira en sus años tardíos.
Se le nublan los ojos, las manos le tiemblan, ha llegado la hora del
adiós.
Entonces ocurre la ceremonia de la iniciación: el
alfarero viejo ofrece al alfarero joven su pieza mejor. Así manda
la tradición, entre los indios del noroeste de América:
el artista que se va entrega su obra maestra al artista que se inicia.
Y el alfarero joven no guarda esa vasija perfecta para contemplarla y
admirada, sino que la estrella contra el suelo, la rompe en mil pedacitos,
recoge los pedacitos y los incorpora a su arcilla.
— Eduardo Galeano
Oración
¡Señor, ayúdame a decir
la verdad
delante de los fuertes
y a no decir mentiras para ganarme
el aplauso de los débiles!
Si me das fortuna, no me quites la felicidad,
si me das fuerza, no me quites la razón,
si me das éxito, no me quites la humildad,
si me das humildad, no me quites la dignidad.
Ayúdame, siempre, a ver el otro lado de la
medalla.
No me dejes inculpar de traición a los demás
por no pensar igual que yo.
Enséñame a querer a la gente como a mí mismo
y a juzgarme como a los demás.
No me dejes caer en el orgullo si triunfo,
ni en la desesperación si fracaso
Más bien recuérdame que el fracaso
es la experiencia que precede al triunfo.
Enséñame que perdonar es lo más grande del fuerte,
y que la venganza es la señal primitiva del débil.
Si me quitas la fortuna, déjame la esperanza
si me quitas el éxito, déjame la fuerza para
triunfar del fracaso
Si yo faltara a la gente, dame valor para
disculparme
y si la gente faltara conmigo, dame el valor para
perdonar.
¡Señor si yo me olvido de Ti, no te olvides Tu nunca de mí...
En paz
Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, Vida,
Porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida,
porque veo al final de mi rudo camino,
que yo fui el arquitecto de mi propio destino,
que si extraje la miel o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas,
cuando planté rosales, coseché siempre rosas.
Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno,
¡más tú no me dijiste que mayo fuese eterno!
Hallé sin duda largas las noches de mis penas,
mas no me prometiste tan solo noches buenas,
y en cambio tuve algunas santamente serenas…
Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida nada te debo! ¡Vida estamos en paz!
Amado Nervo
El Cantero
Érase una vez un cantero que todos los días subía a la montaña a cortar piedras. Mientras trabajaba, no dejaba de cantar, porque, a pesar de ser pobre, no deseaba tener más de lo que tenia, de modo que vivía sin la menor preocupación.
Un día le llamaron para que fuera a trabajar en la mansión de un rico aristócrata. Cuando vio la magnificencia de la mansión, sintió por primera vez en su vida el aguijón de la codicia y, suspirando, se dijo: «¡Si yo fuera rico, no tendría que ganarme la vida con tanto sudor y esfuerzo como lo hago...!»
Y, para su asombro, oyó una voz que decía: «Tu deseo ha sido escuchado. En adelante se te concederá todo cuanto desees». El hombre no entendió el sentido de aquellas palabras hasta que, al regresar aquella noche a su cabaña, descubrió que en su lugar había una mansión tan espléndida como aquella en la que había estado trabajando. De modo que el cantero dejó de cortar piedras y comenzó a disfrutar la vida de los ricos.
En un caluroso día de verano, se le ocurrió mirar por la ventana y vio pasar al rey con su gran séquito de nobles y esclavos. Y pensó: «¡Cómo me gustaría ser rey y disfrutar del frescor de la carroza real!» Su deseo se cumplió: al instante se encontró sentado dentro de una confortable y regia carroza. Pero ésta resultó ser más calurosa de lo que él había supuesto. Entonces miró por la ventanilla y admiró el poder del sol, cuyo calor podía atravesar incluso la espesa estructura del carruaje. «Me gustaría ser el sol», pensó para sí. Y una vez más vio cumplido su deseo y se encontró emitiendo olas de calor hacia todos los puntos del universo.
Todo fue muy bien durante algún tiempo. Pero llegó un día lluvioso y, cuando intentó atravesar una espesa capa de nubes, comprobó que no podía hacerlo. De manera que al instante se vio convertido en nube y gloriándose en su capacidad de no dejar pasar al sol... hasta que se transformó en lluvia, cayó a tierra y se irritó al comprobar que una enorme roca le impedía el paso y le obligaba a dar un rodeo.
«¿Cómo?», exclamó. «¿Una simple roca es más poderosa que yo? ¡Entonces quiero ser una roca!» Y en seguida se vio convertido en una gran roca en lo alto de la montaña. Pero, apenas había tenido tiempo de disfrutar de su nueva apariencia, cuando oyó unos extraños ruidos procedentes de su pétrea base. Miró hacia abajo y descubrió, consternado, que un diminuto ser humano se entretenía en cortar trozos de piedra de sus pies.
«¿Será posible?», gritó. «¿Una insignificante criatura como ésa es más poderosa que una imponente roca como yo? ¡Quiero ser un hombre!» Y así fue como, una vez más, se vio convertido en un cantero que subía todos los días a la montaña para ganarse la vida cortando piedras con sudor y esfuerzo, pero cantando en su interior, porque se sentía dichoso de ser lo que era y vivir con lo que tenia.
Itaca
Konstantino Kavafis (1911)
Si vas a emprender el viaje hacia Itaca,
pide que tu camino sea largo,
rico en experiencias, en conocimiento.
A Lestrigones y a Cíclopes,
al airado Poseidón nunca temas,
no hallarás tales seres en tu ruta
si alto es tu pensamiento y limpia
la emoción de tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a Lestrigones ni a Cíclopes,
ni al fiero Poseidón hallarás nunca,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no es tu alma quien ante ti los pone.
Pide que tu camino sea largo.
Que numerosas sean las mañanas de verano
en que con placer, felizmente
arribes a bahías nunca vistas;
detente en los emporios de Fenicia
y adquiere hermosas mercancías,
madreperla y coral, y ámbar y ébano,
fragancias deliciosas y diversas,
cuanto puedas invierte en voluptuosos y delicados perfumes;
visita muchas ciudades de Egipto
y con avidez aprende de sus sabios.
Ten siempre a Itaca en la memoria.
Llegar allí es tu meta.
Mas no apresures el viaje.
Mejor que se extienda largos años;
y en tu vejez arribes a la isla
con cuanto hayas ganado en el camino,
sin esperar que Itaca te enriquezca.
Itaca te regaló un hermoso viaje.
Sin ella el camino no hubieras emprendido.
Mas ninguna otra cosa puede darte.
Aunque pobre la encuentres, no te engañará Itaca.
Rico en saber y en vida, como has vuelto,
comprendes ya qué significan las Itacas.
Las Campanas del Templo
El templo había estado sobre una isla, dos millas mar adentro.
Tenía un millar de campanas. Grandes y pequeñas campanas,
labradas por los mejores artesanos del mundo. Cuando soplaba el viento
o arreciaba la tormenta, todas las campanas del templo repicaban al
unísono, produciendo una sinfonía que arrebataba a cuantos
la escuchaban.
Pero, al cabo de los siglos, la isla se había hundido en el
mar y, con ella, el templo y sus campanas. Una antigua tradición
afirmaba que las campanas seguían repicando sin cesar y que
cualquiera que escuchara atentamente podría oírlas. Movido
por esta tradición, un joven recorrió miles de kilómetros,
decidido a escuchar aquellas campanas. Estuvo sentado durante días
en la orilla, frente al lugar en el que en otro tiempo se había
alzado el templo, y escuchó, y escuchó con toda atención.
Pero lo único que oía era el sonido de las olas al romper
contra la orilla. Hizo todos los esfuerzos posibles para alejar de
sí el ruido de las olas, al objeto de poder oír las campanas.
Pero todo fue en vano; el ruido del mar parecía inundar el universo.
Persistió en su empeño durante semanas. Cuando le invadió el
desaliento, tuvo ocasión de escuchar a los sabios de la aldea,
que hablaban con unción de la leyenda de las campanas del templo
y de quienes las habían oído y certificaban lo fundado
de la leyenda. Su corazón ardía en llamas al escuchar
aquellas palabras... para retornar al desaliento cuando, tras nuevas
semanas de esfuerzo, no obtuvo ningún resultado. Por fin decidió desistir
de su intento. Tal vez él no estaba destinado a ser uno de aquellos
seres afortunados a quienes les era dado oír las campanas. O
tal vez no fuera cierta la leyenda. Regresaría a su casa y reconocería
su fracaso. Era su último día en el lugar y decidió acudir
una última vez a su observatorio, para decir adiós al
mar, al cielo, al viento y a los árboles. Se tendió en
la arena, contemplando el cielo y escuchando el sonido del mar. Aquel
día no opuso resistencia a dicho sonido sino que, por el contrario,
se entregó a él y descubrió que el bramido de
las olas era un sonido realmente dulce y agradable. Pronto quedó tan
absorto en aquel sonido que apenas era consciente de sí mismo.
Tan profundo era el silencio que producía en su corazón...
¡Y en medio de aquel silencio lo oyó! El tañido de una
campanilla, seguido por el de otra, y otra, y otra... Y en seguida todas y
cada una de las mil campanas del templo repicaban en una gloriosa armonía,
y su corazón se vio transportado de asombro y de alegría.